EFEMÉRIDES


Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas

30.08.2026

Hay ausencias que no terminan de ser ausencia, porque siguen habitando la mesa, la casa, las fotografías, los recuerdos, los sueños y las preguntas de quienes esperan.

La desaparición forzada no arrebata solamente a una persona: rompe el tiempo de quienes la aman. Deja familias suspendidas entre la esperanza y el miedo, entre la búsqueda y el cansancio, entre el deseo de encontrar y la imposibilidad de cerrar una historia. Cada nombre que falta abre una herida que atraviesa cuerpos, comunidades y territorios enteros.

Desde una teología feminista, este día nos obliga a preguntarnos dónde reconocemos a Dios frente al dolor de quienes buscan.

Creemos en un Dios que escucha el clamor. Un Dios que no permanece ajeno ante la injusticia ni guarda silencio frente al sufrimiento de quienes han sido despojadas y despojados de sus seres queridos. El mismo clamor que atraviesa las Escrituras cuando un pueblo pregunta por sus muertos, por sus ausentes y por su dignidad, continúa resonando hoy en las voces de quienes preguntan: ¿Dónde están?

Y quizá ese clamor sea también una forma de oración. No una oración resignada, sino una oración que exige verdad, justicia y presencia. Una oración pronunciada con los pies recorriendo caminos, con las manos removiendo la tierra, con fotografías sostenidas contra el pecho y con nombres repetidos una y otra vez para impedir que sean borrados.

En esas búsquedas, las mujeres han ocupado un lugar central. Madres, hermanas, hijas, esposas, compañeras y buscadoras han transformado el dolor en organización, la incertidumbre en memoria y la ausencia en una lucha persistente por la verdad. Muchas han tenido que aprender a investigar, rastrear territorios, acompañar a otras familias, confrontar instituciones y sostener redes de cuidado mientras cargan con su propia herida.

Desde una teología feminista, sus experiencias pueden ser reconocidas también como lugar teológico: espacios concretos desde los cuales es posible preguntarnos por Dios, por la justicia y por la esperanza. Porque la teología no nace únicamente de los libros, de las aulas o de los templos. También nace de los cuerpos que resisten, de las historias que se niegan a desaparecer y de las comunidades que acompañan cuando el dolor parece insoportable.

Las mujeres buscadoras nos recuerdan que la fe puede tener manos que escarban, pies que recorren caminos, ojos que permanecen atentos y una voz que se niega a callar.

En ellas encontramos una espiritualidad encarnada: una esperanza que no consiste en esperar pasivamente, sino en levantarse, organizarse, preguntar, denunciar y buscar. Quizá allí podamos reconocer también el soplo de la Ruah, la presencia divina que acompaña, sostiene y hace posible seguir respirando incluso en medio del dolor.

Una teología feminista no puede mirar estas realidades desde lejos. Está llamada a escuchar el clamor de quienes buscan, a cuestionar las estructuras que producen violencia e impunidad y a reconocer la dignidad irrenunciable de cada persona desaparecida.

También está llamada a incomodar. A preguntar qué sociedades hemos construido cuando las familias tienen que convertirse en investigadoras; cuando las madres tienen que aprender a buscar fosas; cuando la ausencia comienza a volverse cotidiana y cuando tantas vidas desaparecidas corren el riesgo de convertirse solamente en cifras.

Frente a ello, nuestra fe no puede ser indiferente.

Que nuestras comunidades sepan convertirse en espacios de memoria, acompañamiento y denuncia. Que nuestra teología tenga oídos para escuchar el clamor. Que nuestra espiritualidad tenga cuerpo para caminar junto a quienes buscan. Que nuestra esperanza no sea evasión, sino compromiso con la verdad y la justicia. Hoy nombramos a quienes faltan y abrazamos simbólicamente a quienes continúan buscándoles. Y mientras exista una sola persona desaparecida, que la pregunta siga atravesando nuestras conciencias, nuestras comunidades y nuestra fe:

¿Dónde están?

Porque nombrarles desafía al olvido.Porque buscarles es defender su dignidad.
Porque acompañar a quienes buscan también es una forma de hacer teología.
Y porque ningún Dios de la vida puede ser invocado para justificar el silencio ante la desaparición y la violencia.

Hasta encontrarles.

María Isabel Huerta Armenta 


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