CAMPAÑAS

María Magdalena


2026

MARÍA MAGDALENA:

Hermanas y hermanos del siglo 21, soy María Magdalena, seguramente han oído hablar de mí. Pero no sé qué tanto me conocen. Les quiero contar lo que viví hace, precisamente, 21 siglos; pienso que les puede servir para lo que a ustedes les toca vivir hoy.

Yo vivía en la ciudad de Magdala, junto al lago de Galilea. Como casi todas las mujeres, estaba con mi familia esperando el día que sería desposada. La perspectiva me daba más temor que ilusión. Había aprendido mucho de mi madre y mis parientas. Las mujeres teníamos la tarea de cuidar, alimentar, limpiar, sanar, ayudar a parir, acompañar a morir, le dábamos mucha importancia al cuerpo de las personas cercanas, sabíamos que ahí se nos revela un sentido profundo de la vida. Me gustaba hacer las tareas de la casa: ir por el agua, hacer el pan, tejer el lino, disfrutaba la huerta, las siembras, los frutales; pero, en especial, los amaneceres y los atardeceres junto al lago.

Sin embargo, todo esto con frecuencia se desvanecía cuando veía otras cosas que sucedían a mi alrededor: por los caminos de la región, muchas personas pobres y enfermas caminaban sin rumbo, algunas caían desvanecidas-¡esos cuerpos parecían no importar! En la plaza y en las calles la gente discutía, incluso peleaba, con frecuencia se abusaba de quienes no podían defenderse. Pero las personas mayores me obligaban a pasar de largo, me exigían volver pronto a casa y solo ocuparme de las tareas asignadas. También dentro de casa, con frecuencia había malos tratos que no me parecían justificados. Yo sabía que no podía peguntar, mucho menos opinar. Las mujeres siempre teníamos miedo, miedo de ser reprendidas o castigadas, sin entender por qué, miedo de decir lo que sentíamos, miedo incluso de pensar. La sumisión y el silencio impuesto eran como una lápida que opacaba el sentido de mi quehacer y empañaba la luz del amanecer y del atardecer.

En medio de esa confusión algo fue invadiendo mi interior: la insatisfacción y la rebeldía que no podía expresar, se fue acumulando en mi interior. Pronto ya no lo podía controlar. Las personas lo empezaron a notar, me decían que estaba "poseída", que seguro unos demonios se habían apoderado de mí. Esto me dio cierta libertad, los castigos y las advertencias ya no importaban, empecé a salir de casa sin permiso, a vagar por la ciudad, por el campo.

Fue así como un día vi a Jesús, caminaba acompañado de un grupo de personas, todas muy diversas, pero todas con un brillo de paz y de ilusión en sus rostros y en su se manera de estar. Tanto ellas, como Jesús sí se detenían ante las personas enfermas o ante quienes pedían algo, Jesús se inclinaba a escuchar a los niños y a las niñas y tomaba en brazos los pequeños.

Sin pensarlo fui hacia él, busqué su rostro, él me miró. Más bien, me penetró con su mirada. Cuando me tocó, pude sentir como se conmovieron sus entrañas y en ese momento, el peso que yo cargaba empezó a salir de mi espalda, de mi vientre, de mi cráneo. La opresión, el dolor, el enojo enterrado, se disolvían bajo el contacto de su mano, ante su mirada intensa y compasiva. Me quedé inmovilizada. "La ha liberado de sus demonios" escuché que decían. Pero yo no podía pronunciar palabra, yo ya no sabía quién era yo.

Me puse de pie, pero no sabía a dónde ir. Así que eché a andar detrás del grupo que lo seguía. Me acogieron, me dieron de beber. Más tarde, regresé a casa. Intenté explicar lo que había vivido; pero no me comprendían, no parecía importarles. Quise dormir unas horas, pero una luz interior no me dejaba cerrar los ojos. Apenas clareó el alba salí sin hacer ruido.

Encontré al grupo donde lo había dejado. Pregunté a Jesús si les podía seguir. Pensé que no me aceptaría, pues no parecía haber muchas mujeres. Pero me dijo "ven" y supe que había encontrado una nueva familia. No todo fue fácil, las gentes de la ciudad me veían con recelo por estar en compañía de tantos varones, mi familia se indignó y quiso llevarme. Jesús me dijo que a él le había pasado igual. Así empezó una amistad que fue creciendo con su paciencia y mis preguntas.

Me dolió haber dejado a mi familia, pero en este grupo, éramos hermanos y hermanas de una manera distinta: no había miedo ni sumisión. En momentos de debilidad, alguien que me animaba y sostenía, como una madre. Me fui haciendo fuerte. Quizás por eso me dejaron el apodo "Magdalena", porque "migdal" quiere decir fortaleza: "María la fuerte", no sé si en broma, al menos al principio. Me di cuenta de que yo también podía ayudar y cuidar a las y los demás. Mi cuerpo experimentaba algo que no había vivido antes: ya nada me detenía, como si pudiera mirar más alto y más lejos, podía responder sin timidez e intentar hacer cosas nuevas sin preocupación. Luego supe que eso era lo llamaban 'libertad'. Vivía una alegría que no tenía que ver con la comodidad o la seguridad, sino con el poder compartirlo todo: los bienes, las palabras, el apoyo.

Lo que compartíamos de manera muy especial era una certeza y una esperanza: Conocimos la certeza de Yahvé como Dios fiel y cercano, como Padre de misericordia, porque Jesús nos lo hacía presente en sus actitudes: en ese constante acercamiento a quienes más sufrían, en la conmoción que experimentaba ante su soledad y dolor, en el respeto a cada persona y en el cuidado de que nadie viviera exclusión. Esa certeza de que el amor de Dios ya estaba ahí, presente y real, alimentaba nuestra esperanza de que un día, no muy lejano, la justicia y el cuidado reinarían en la vida de todos los pueblos, las personas serían aliviadas y habría pan en todas las mesas. Por eso Jesús decía que el Reino del Padre ya estaba entre nosotros y nosotras, pero que un día su dominio sería pleno.

Sus enseñanzas, su actitud, sus acciones eran para mí "palabras de vida", no se trataba solo de entenderlas, yo las experimentaba, se inscribían en mi cuerpo y a pesar de las largas jornadas y de muchas carencias, la esperanza lo permeaba todo.

Pero no era un gozo superficial: en todos los caminos que recorríamos, encontrábamos pobreza y dolor. Jesús se indignaba de que fuera así. Atendía, curaba, escuchaba todo lo que podía, pero no todo se resolvía. Así me enseñó a mirar de otra manera, viendo la vida desde quienes sufrían el abandono del mundo. Quizás por eso hablaba más en parábolas que en discursos. Junto a él descubrí lo que significaba que la misericordia de Yahvé no abandona y que su Reino de vida buena fuera posible.

Quienes no lo podían ver así fueron los que estaban en el poder, tanto el poder imperial, como el del Templo. Tampoco quienes, de alguna manera se beneficiaban de ellos.

Nuestro movimiento les representaba una amenaza.

Un día Jesús nos pidió que le acompañáramos a Jerusalén. Presenciamos su enfrentamiento con las autoridades. Le vi sufrir, incluso temer, pero no titubear. Lo aprehendieron. La mayoría del grupo se dispersó. Al final sólo quedamos cerca de él algunas mujeres.

Fue aterrador, pero no queríamos dejarlo solo. Era el momento de echar mano de todo lo que nos había enseñado y resistimos, su fortaleza fue nuestra fortaleza. Con espanto vimos cómo le torturaron y le clavaron en una cruz. Le vimos morir acompañado solo de nuestra mirada de dolor y de desconcierto. Era muy tarde, pero esperamos a que lo descendieran y cautelosamente seguimos a quienes le iban a enterrar para ubicar el lugar. Con el corazón desgarrado, regresamos a casa vencidas por la impotencia. Hicimos lo que sabíamos hacer las mujeres ante la muerte de una persona tan querida: Llorar y lamentar. Lamentar, llorar.

Al amanecer fuimos al sepulcro. No puedo recordar cuánto tiempo estuvimos allí. Tampoco sé si fuimos varias veces o si alguna vez fui sola. Lo que sí recuerdo es que di rienda suelta a todo mi duelo: no dejaba de llorar, de preguntarle qué sentido tenía lo que habíamos vivido; qué iba a ser de nosotras y nosotros, de nuestro proyecto de anunciar el Reino; dónde encontrar ahora la presencia liberadora y salvadora del Padre que él nos había anunciado.

Solo quería ir al fondo de mi dolor y habitar ahí mis memorias. Me venían imágenes de todo lo vivido: los recuerdos de las tardes junto al lago hablando con las multitudes, las comidas, la alegría de compartir, la felicidad de sanar, de acompañar se mezclaba con las escenas del prendimiento, de los golpes, de la cruz, del entierro. Me negaba a aceptar que todo había terminado. ¡No podía haber sido mentira!

Y de tanto, tanto recorrer una y otra vez cada recuerdo, en la sucesión de imágenes, Jesús se me presentó de otra manera: ¡las memorias lo habían re-membrado! Sentí que todo se iluminaba, que, de nuevo, como el día en que me liberó, una gran fuerza entraba en mí. Supe, en mi cuerpo, con la misma certeza de todo lo vivido, que ya no había razón para el duelo, que Jesús no estaba en el sepulcro, que no se había ido al Sheol, que estaba con su Padre, nuestro padre. Supe también que la injusticia y la muerte no tendrían la última palabra; que Jesús nos esperaba de nuevo en los caminos, junto a las y los pobres y nos acompañaría enviándonos su Espíritu para seguir todo lo aprendido y para aprender aún más.

Tuve muy claro que esa certeza que surgía de mi interior era un saber recibido, que yo no tenía mérito alguno, ni podía poseerlo. Por eso corrí a buscar a mis hermanos, a contarles lo que había vivido. Mi gran, gran deseo era que pudieran experimentar lo que yo había experimentado. Cuando vi la esperanza brillar de nuevo en sus rostros, cuando me pidieron que volviera a narrar, como pudiera, lo sucedido, supe, en la alegría de esa fe compartida, que allí estaba la Verdad.

Esa remembranza de Jesús, Jesús resucitado, fue el origen de mi encargo: la misión de anunciarlo.

Lucila Servitje

Cf. Carmen Bernabé Ubieta, "Espiritualidad en María de Magdala" Casa cultural tejiendo sororidades. https://www.youtube.com/watch?v=n5OUa02xE8s

Cf. Rafael Aguirre Monasterio, "Las enseñanzas de Jesús" en R. Aguirre, C. Bernabé, C. Gil, Qué se sabe de Jesús de Nazaret, Verbo Divino, Estella (Navarra), 2009.


2022



María Magdalena

Entre sombras y luces la historia te presenta

Entre relatos y lecturas los textos te cuentan

La verdad y la luz te descubren y velan

María Magdalena.

¿Qué importa mujer de Magdala tu sexo?

¿Qué importa las costumbres que te excluyen?

¿Qué importan las mentiras que te recluyen?

Ni Marcos, Ni mateo, mucho menos Lucas te conocía

Mujer difamada

Ni pecadora

Ni prostituta

Ni llorona

Ni amante.

Discípula fiel y testiga

Apóstol de apóstoles

Eco de Buena Nueva

María Magdalena.

¿Quién al conocerte mentiría?

¿Quién al mirarte no suspiraría?

Varones insensatos de Galilea

Discípulos maltrechos del I siglo

Tradición patriarcal de la historia

Tu rostro resplandeció en el calvario

Tu voz se escuchó en el sepulcro

Tu amor llego a estos rumbos

Mujer difamada

Mujer eclipsada

Mujer humillada

Memoria inmortal que llegas y te quedas

Mujer en cinco letras

Nombrada en dos palabras

María Magdalena...

Brenda García /El Salvador


MARIA MAGDALENA

La mujer que hizo posible la iglesia de las mujeres misioneras

La de la voz airosa llena de alegrías y novedades

La que se cuenta que camino los caminos de proyectos de vida como una igual entre compañeras

Compañeros.

Ella, la de la sonrisa con certeza del Reino de la Ruah entre nosotres

Y la que pudo sembrar y cosechar la palabra a pesar del patriarcado de raíz profunda, de muchos

frutos y de muchas violencias.

Casi no hay luces que la opaquen y a la vez hay muchos miedos que la borran. ¡Qué gran tarea la

de caminar de la mano no solo con Jesús sino con ella, Magdalenaii

Para su nombre y testimonio no hay fronteras, a pesar de la "pecadora", de la "adultera", de la de

la "vida pública", y de los "siete demonios", se brinca las trancas su testimonio, prevalece su

nombre y jornada hecha camino solidario, amante, susurrante de esperanza; camino cadencioso

de justicia e inclusión, profetiza de canto y baile libertario,

Que todavía no digieren las jerarquías masculinas que no creen en el proyecto de vida compartida,

Las jerarquías de mujeres en sumisión;

Se atragantan las jerarquías empresariales del neoliberalismo sexual que hacen mercancía los

cuerpos femeninos, las luchas de mujeres...

Y sigue en profecía, canta-anuncia, balla-sorteando el riesgo, apóstol de resurrecciones-

revoluciones, en pie de lucha libertaria para siempre, para todes.

La oímos decir: ¡¡nos encontraremos en Galileaj¡

Teresa López


Vaya, Magdalena... la del corazón roto. La que no se esconde al final, digan lo que digan los judíos o los romanos. La que, viendo a Jesús roto, te rompes un poco tú. Porque le quieres, porque con él has vivido el perdón, la dignidad profunda y te has sentido parte del círculo de quienes han compartido su vida, sus días de camino y sus proyectos de Reino.

Maite López


Mujer que ves y sabes por experiencia propia

María de Magdala: templo, orilla, lago, roca...

Elegida y enviada por QUIEN te conoce y te ama

Lideresa en espíritu y en verdad para quien te tratara

¿Quiénes te acusan, critican y comparan?

¡Son ellos: te señalan!

Con violencia acusan tu presencia del Maestro tan cercana

Los que siglo tras siglo no vieron nada.

Tampoco sus amigos aquella mañana,

reconocieron a la enviada

que por ser mujer no era nada.

A todos ofreciste ayuda, tu poder permanece grabado

O hay dignidad o no hay nada

Tu voz sigue clamando: humanidad y divinidad encarnadas.

Cristina Carrasco Araya


En memoria de ella, la de Magdala, Apostola apostolorum

Ella que salió de noche, "cuando todavía era oscuro" (Jn 20, 1).

"Lucharon vida y muerte

en singular batalla,

y, muerto el que es la Vida,

triunfante se levanta.

«¿Qué has visto de camino,

María, en la mañana?»

«A mi Señor glorioso,

la tumba abandonada,

los ángeles testigos,

sudarios y mortaja.

¡Resucitó de veras

mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,

allí el Señor aguarda;

allí veréis los suyos

la gloria de la Pascua. »"

En Memoria de Ella, gracias a todas las mujeres cristianas que regalan esperanza. Hermanas que buscan al crucificado que vive. Hermanas que, bajo la óptica del Espíritu, tienen visiones de cruces con corazones vivos, "como de fuego que quema"; cruces que parecen decirnos: "te mira el Padre".

En Memoria de Ella, gracias a todas las mujeres cristianas que regalan esperanza.

A las religiosas en los hospitales, orfanatos y colegios, gracias por salir "cuando todavía era oscuro".

A las contemplativas en el silencio de la noche, gracias por salir "cuando todavía era oscuro".

En Memoria de Ella, gracias a todas las mujeres cristianas que nos educan en la esperanza.

A las lectoras y predicadoras en el campo y en los barrios, gracias por salir "cuando todavía era oscuro".

A las que cantan, a las que sueñan, a las que enseñan, gracias por salir "cuando todavía era oscuro".

A las abuelas que enseñaron himnos de esperanza a sus nietos. A las abuelas que mantienen la fe de en una Europa descreída, gracias por salir "cuando todavía era oscuro".

A las abuelas latinoamericanas que llevan a sus nietos a la catequesis, gracias por salir "cuando todavía era oscuro".

A las abuelas creyentes que mantienen ritos antiguos, gracias por salir "cuando toda vía era oscura".

A la que cuida el templo en las pequeñas Iglesias de Misión, gracias por salir "cuando toda vía era oscura".

A la mujer consagrada que el incrédulo le llama ofensivamente "solterona", gracias por salir "cuando todavía era oscuro".

En Memoria de Ella, gracias a todas las mujeres cristianas que resisten en esperanza.

A las parteras y curanderas de comunidades indígenas, gracias por salir "cuando todavía era oscuro".

A Concha Cabrera y su cruz pascual, gracias por salir "cuando todavía era oscuro".

A las voluntarias y activistas en lugares de dolor, gracias por salir "cuando todavía era oscuro".

A las que escuchan y a las que, detrás del diván, ayudan a tejer historias descosidas, gracias por salir "cuando toda vía era oscura".

A las agentes juveniles y catequistas, gracias por salir "cuando todavía era oscuro".

A las teólogas, gracias por salir "cuando todavía era oscuro".

A las que están buscando cuerpos de hijos desaparecidos, gracias por salir "cuando toda vía era oscura"

A las que están luchando con la enfermedad, gracias por salir "cuando todavía era oscuro".

A las que se nos han adelantado y a las que no llegaron a casa por que las sorprendió el verdugo, gracias por mostrarnos el sepulcro.

A Susana, Fede, Lidia, María y Marta, a Nuestra Señora [...] GRACIAS POR SER LA PRIMERA VOZ DEL KERIGMA CRISTIANO CUANDO TODA VÍA ERA OSCURO.

En memoria de ella, la que salió en el silencio de la noche. La discípula que sabía de mortajas y de muertos. La que visitó un sepulcro en la espesura de la noche oscura. En memoria de ella, la que nos dijo: "se han llevado del sepulcro al SEÑOR y no sabemos dónde lo han puesto".

Desde ese día los cristianos estamos buscando al Señor resucitado que sus ojos vieron y su oído escuchó al decirle mujer. En Memoria de ella, lo buscamos donde se aúnan dolor y esperanza, cruz y corazón, sepulcro y resurrección.

¡Queremos ver lo que tu viste cuando toda vía era oscura!

Josué Emmanuel Suaste Vargas, MSPS


Magdalena, a quién llamaban pecadora, por Dios fue exaltada
"de siete demonios, ella fue liberada".Fuiste de Jesús discípula amada
y tal fue tu amor por Él, el preferido,
tu Maestro y Señor, el más querido,
al que siempre buscaste enamorada, dispuesta a servir por amor al creador.Lo amaste tanto como tu amor podía,
y ese tu amor fue más puro, qué el amor que muchos de los que decían ser sus discípulos aseguraban, te ganaste el rechazo por amor, y esa fue tu salvación.Jesús, a Maria Magdalena
con frecuencia la besaba, sus lágrimas secaba, y
quien no acepta esto su alma ya está condenada,
ya que niega lo que está en las palabras del evangelio con amor fervientemente profesadas.Qué me dices bella dama
¿Por qué te llaman pecadora?
Por tu sublime belleza que fue tan admirada,
¡Que pocas personas te superaban!
De azul celeste, tus deslumbrantes ojos
que al mismo cielo han cautivado;
Tu hermoso cabello largo y radiante.
Lo llevabas suelto sobre la espalda. y quién te veía se enamoraba; eres tan hermosa, tanto
que a Venus misma volverías loca; ella intentaría sanar tus heridas, esas que dejó el pasado, con caricias contemplaría tu rostro de mujer empoderada.
Magdalena, ¿Quién fuera estrella para reflejarse en tus ojos de mujer guerrera?
¡Oh, María Magdalena! Escribirte versos y en ellos recopilar la lucha de todas las mujeres de hoy en día, y por eso ahora te expreso, Magdalena sé tú mi guía, en esta lucha del día a día.


¿Quién eres Magdalena?

¿Quién encerró entre sombras tu nombre?

¿Quién acrisolo tu llanto sobre lienzos?

Entre sombras y penumbras

Pariste dogmas

Entre Pinceles e inasequibles bermellones

Resurge tu estampa

Con el hombro descubierto

¡Estabas sobre la mesa, como un trozo de fruta prohibida!

Habitas entre los hombres

Y no eras de los Hombres

Inevitable...

¡Ansiado seso!

En tu vientre habitan Magdalena

Las almas y las luces

Te gritan todas las épocas ¡Mu-jer!

Te susurran ¡Pu-ta! los retablos

Es tu éxtasis,

¡Cuerpo de mujer!

¡Dualidad divina!

¡Humanidad desmedida!

Te sangra el costado

Palpita tu vientre

Tintero de poetas

Anamnesis de mujeres

Idania Mejía


En mis sueños Magdalena.

Magdalena de cabellos castaños e inmundos

Ojos de barro negro inmaculados

Bajo tus pies prendidos gimen tus hijos

De manos yertas y pies ensangrentados.

Sobre tus destellos profundos y enloquecidos

Se desgarra la yaga encarnizada

Resuenan los tambores embravecidos

Por la muerte tan fugaz y desperdiciada.

Regreso inevitable de la desolación mundana

Senderos de espinas, coronas adornadas de bayonetas

Alucinaciones corpóreas y de alebrijes ciudadana

Encima del cerro retumban fuerte las cornetas.

Infernales ojos y nocturnas llamaradas

Golondrinas oscuras impactando en vuelo

Los idilios de las hadas sopesan bienaventuradas

Llora, devastada y moribunda sin consuelo.

Pañoletas violetas y verdes quejándose a gritos

Rota, bruja, hechicera y cadavérica

Truenan en el cielo de los niños benditos

Bailan tus manos y cabeza estratosférica.

El diablo te abraza y arropa penetrándote de amores

Sueñas con la cabra y de los cuernos la agarras

De tu lívido son los mil y un gemidos desesperanzadores

Inmaculadas las miradas a tu cuerpo desentierras.

Lagrimas negras carbonizan los anhelos

De tu amor furtivo, minúsculo y pequeño

Estrellan en el suelo los recuerdos

Levántate de golpe y apaga el sueño.

Serpiente invocada por la anciana de negros mechones

Que a sus augurios escuchan y enloquecen los gorriones

Lluvias de plata oro zozobran en miradas mezquinas

Apuñalan entre ellos y consuelan a Agripina.

Sergio Ceballos Carrillo, Metepec, Estado de México, México.


8 de marzo: Día Internacional de la mujer "Porque donde tú vayas, yo iré"


25 de noviembre Día Internacional contra

 la violencia de la mujer