Las mujeres que permanecen cuando todo se rompe
03.04.2026
Viernes Santo
“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre… y María, la Magdalena” (Jn 19, 25).
“Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 26-27).
“Está cumplido” (Jn 19, 30).
El relato de la pasión según san Juan (Jn 18, 1–19, 42) nos conduce al momento más radical del camino de Jesús: la cruz. Un espacio de violencia, de injusticia y de muerte. Pero también, y de manera profundamente significativa, un espacio de presencia.
Mientras muchos huyen, mientras el miedo dispersa, el evangelio nombra con claridad quiénes permanecen: las mujeres. Ellas están “junto a la cruz”. No desde lejos, no escondidas, sino presentes, firmes, sosteniendo con su cuerpo y su mirada un dolor que no se puede evitar.
Desde una lectura feminista, esta presencia no es secundaria, sino reveladora: en los relatos de la pasión, las mujeres encarnan una forma de discipulado que permanece en la adversidad, incluso cuando todo parece perdido. Se trata de una fidelidad que no depende del reconocimiento ni del éxito, sino del vínculo y de la memoria del amor vivido (Bernabé Ubieta, 2018).
Pero hay algo aún más profundo: ellas no permanecen por obligación ni por imposición. Permanecen como respuesta al amor recibido, a la cercanía vivida con Jesús. Su presencia al pie de la cruz nace de una relación que las ha reconocido, dignificado y acogido. Han sido miradas, escuchadas, valoradas… y desde ahí, permanecen. Su fidelidad no es sacrificio vacío, sino respuesta a un amor que primero las alcanzó.
En medio de la violencia de la cruz (los golpes, la burla, la condena) las mujeres representan otra lógica: la del cuidado que no abandona. No pueden cambiar el curso de los acontecimientos, pero su presencia sostiene, humaniza, resiste. Como ha insistido la lectura bíblica desde los márgenes, Dios no se revela fuera del sufrimiento, sino en medio de él, en la historia concreta de quienes lo atraviesan (Tamez, 2001).
La cruz, entonces, no es solo un lugar de muerte, sino también un lugar de revelación: revela quiénes se quedan cuando todo se derrumba. Y muchas veces, históricamente, han sido las mujeres quienes han sostenido la vida en medio de contextos de violencia, duelo y pérdida. Han estado al pie de tantas cruces: en las familias, en las comunidades, en los territorios heridos.
Hoy, esta imagen se encarna de manera dolorosa en la vida de muchas mujeres: madres que han perdido a sus hijas por feminicidio, madres buscadoras, mujeres que viven la desaparición sin cierre. Ellas también están al pie de la cruz.
Habitan un dolor que no se puede cerrar. Un duelo que no encuentra descanso. Y, sin embargo, permanecen.
Desde la reflexión teológica contemporánea, este tipo de experiencia puede comprenderse como un duelo abierto: una aflicción que no se clausura, que no se supera, que insiste. Lejos de ser un signo de debilidad, este duelo persistente puede convertirse en una forma de resistencia frente a sistemas que buscan borrar la memoria y normalizar la violencia (Butler, 2006; Joh, 2019).
Así, el dolor de estas mujeres no es solo sufrimiento individual: es memoria viva, denuncia, búsqueda. Es una forma de negarse a que la historia se cierre en falso. Es lo que puede nombrarse como una memoria doliente que no se deja domesticar, que insiste en la dignidad de las vidas perdidas y en la exigencia de justicia (Martínez y Vidal).
En la cruz, las mujeres sostienen la vida que está siendo arrebatada. Hoy, muchas mujeres hacen lo mismo: sostienen la memoria de quienes ya no están. Y en ese sostener, aunque duela, están defendiendo la vida.
Además, en este momento límite, Jesús crea vínculo: “Ahí tienes a tu madre… ahí tienes a tu hijo”. No solo muere, sino que deja una comunidad tejida desde el cuidado. Las relaciones construidas desde la solidaridad y el cuidado aparecen así como un horizonte de vida incluso en medio de la muerte. Como señala la teología feminista latinoamericana, es en estos vínculos donde se recrea la vida y se resiste a la deshumanización (Aquino, 1993).
Este evangelio no romantiza el dolor. No lo justifica. Pero sí lo nombra y lo dignifica.
Estar “junto a la cruz” no es pasividad: es una forma de resistencia. Es negarse a abandonar la vida, incluso cuando todo parece perdido. Es afirmar que el amor permanece, aunque el mundo se quiebre.
Y, al mismo tiempo, esta permanencia nos invita a discernir: permanecer no es anularse. El cuidado, para ser verdaderamente liberador, necesita ser también digno para quien cuida. Permanecer desde el amor (y no desde la obligación) es lo que hace de este gesto una verdadera expresión de vida.
El Viernes Santo nos confronta con el dolor, pero también nos revela una verdad profunda: en medio de la violencia, hay cuerpos que permanecen, miradas que sostienen, vínculos que no se rompen.
Y muchas veces, esos cuerpos han sido los de las mujeres.
Ellas, al pie de la cruz, nos enseñan que incluso cuando todo se rompe…
el amor, cuando ha sido verdadero, permanece.
Referencias
Aquino, P. (1993). Our cry for life: Feminist theology from Latin America. Orbis Books.
Bernabé Ubieta, C. (2018). María Magdalena: Tradiciones en el cristianismo primitivo. Verbo Divino.
Biblia de Jerusalén. (2009). Biblia de Jerusalén. Desclée de Brouwer.
Butler, J. (2006). Vida precaria: El poder del duelo y la violencia. Paidós.
Joh, W. A. (2019). Affective politics and the unending Korean war: Remembering and resistance. En K. Bray & S. D. Moore (Eds.), Religion, emotion, sensation: Affect theories and theologies (pp. 85–109). Fordham University Press.
Martínez Cano, S., & Vidal i Quintero, M. (Eds.). (s. f.). Miradas a todo color: Teologías feministas poscoloniales en un mundo en conflicto. Verbo Divino.
Tamez, E. (2001). La Biblia de los oprimidos. DEI.

