LA ENTRADA QUE TRANSFORMA LAS LÓGICAS DEL PODER

29.03.2026

El relato de la entrada de Jesús en Jerusalén, conmemorado en el Domingo de Ramos (cf. Mt 21,1-11; Mc 11,1-11; Lc 19,28-40; Jn 12,12-19), ha sido tradicionalmente interpretado como un gesto mesiánico cargado de simbolismo político y religioso. Sin embargo, una lectura desde las teologías feministas permite complejizar este acontecimiento al situarlo en el entramado de relaciones de poder, corporalidades y resistencias que atraviesan tanto el texto bíblico como nuestras realidades contemporáneas.

Lejos de representar un triunfo imperial, la entrada de Jesús en un burrito subvierte las expectativas mesiánicas dominantes. Este gesto evoca la profecía de Zac 9,9, donde el rey justo irrumpe desde la humildad, cuestionando los imaginarios de poder basados en la violencia y la dominación. En este sentido, la acción de Jesús puede leerse como una performance política que desestabiliza las jerarquías establecidas y propone una alternativa encarnada de autoridad (Horsley, 2003).
Desde una perspectiva feminista, resulta imprescindible preguntarse por las presencias y ausencias en el relato. Aunque los evangelios no nombran explícitamente a las mujeres en esta escena, la crítica bíblica feminista ha señalado que su omisión responde más a procesos de invisibilización textual que a una ausencia histórica real (Schüssler Fiorenza, 1983). Las mujeres, que aparecen de manera constante como seguidoras, sostenedoras y testigos en el movimiento de Jesús, también forman parte de esta multitud que aclama, acompaña y participa en la construcción de sentido comunitario.
Este silenciamiento no es menor. Nombrar o no nombrar implica reconocer o negar agencia. Por ello, recuperar la memoria de las mujeres en los relatos bíblicos no es un ejercicio anacrónico, sino una tarea hermenéutica que busca desarticular las lecturas androcéntricas que han configurado la tradición (Russell, 1993). En este marco, el Domingo de Ramos puede leerse como un acontecimiento comunitario donde múltiples corporalidades (incluidas aquellas históricamente marginadas) se hacen presentes en un acto colectivo de esperanza y resistencia.
El gesto de extender mantos y ramos sobre el camino (cf. Mt 21,8) adquiere una densidad simbólica particular cuando se interpreta desde contextos de exclusión. Este acto puede ser entendido como una práctica de hospitalidad y reconocimiento, pero también como una acción que pone en evidencia las tensiones entre dignificación y despojo. ¿Quiénes pueden “tender” su manto y quiénes han sido despojadas incluso de lo mínimo? En contextos contemporáneos marcados por la violencia estructural, especialmente contra mujeres y cuerpos feminizados, esta pregunta interpela directamente nuestras prácticas de fe.
Las teologías feministas, particularmente en América Latina, han insistido en la centralidad del cuerpo como lugar teológico (Aquino & Rosado-Nunes, 2002). El cuerpo no es solo objeto de opresión, sino también espacio de revelación, resistencia y construcción de comunidad. En este sentido, la entrada de Jesús no puede desligarse de la materialidad de los cuerpos que participan en ella: cuerpos que caminan, que aclaman, que arriesgan. Cuerpos que, en muchos casos, desafían las normas sociales y religiosas de su tiempo.
Asimismo, este acontecimiento anticipa el conflicto que culminará en la crucifixión. Jesús entra en Jerusalén consciente de las implicaciones de su praxis. No se trata de un gesto ingenuo, sino de una acción ética que confronta directamente los sistemas de poder. Desde una lectura feminista, esta dimensión conflictiva permite establecer un paralelo con las luchas actuales de las mujeres frente a los fundamentalismos religiosos y políticos que buscan controlar sus cuerpos, sus voces y sus espiritualidades (Gebara, 1999).
En este horizonte, el Domingo de Ramos no solo recuerda un evento pasado, sino que actualiza una praxis. Las “entradas” de hoy (las marchas, las denuncias, las ocupaciones de espacio público por parte de mujeres y disidencias) pueden leerse como continuidades de esa irrupción subversiva que desafía el orden establecido. Se trata de gestos que incomodan porque revelan las fisuras de sistemas que se sostienen en la exclusión.
Finalmente, una teología feminista del Domingo de Ramos invita a repensar la noción de salvación no como un acto individual y desencarnado, sino como un proceso histórico, colectivo y profundamente situado. La salvación se entreteje en prácticas de justicia, en la recuperación de memorias silenciadas y en la construcción de comunidades que ponen en el centro la dignidad de todas las personas.
Celebrar este día implica, por tanto, asumir un compromiso ético y político: acompañar las luchas por la vida, denunciar las estructuras que generan muerte y participar activamente en la construcción de alternativas. En otras palabras, implica reconocer que la entrada de Jesús continúa hoy en cada gesto que apuesta por la justicia, la equidad y la dignidad.
Referencias
Aquino, M. P., & Rosado-Nunes, M. J. (Eds.). (2002). Teología feminista latinoamericana. Editorial Abya-Yala.
Gebara, I. (1999). Rompiendo el silencio: Una fenomenología feminista del mal. Trotta.
Horsley, R. A. (2003). Jesús y el imperio: El Reino de Dios y el nuevo desorden mundial. Verbo Divino.
Russell, L. M. (1993). Iglesia en la ronda: Teología feminista para la comunidad. Presbyterian Publishing Corporation.
Schüssler Fiorenza, E. (1983). En memoria de ella: Una reconstrucción feminista de los orígenes cristianos. Desclée de Brouwer.

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