Habitar la noche, aprender la fidelidad
Martes Santo
"Judas, después de tomar el pan, salió
inmediatamente. Era de noche" (Jn 13, 30).
"No cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces" (Jn 13, 38).
El evangelio del Martes Santo (Jn 13, 21-33.36-38) nos introduce en una escena profundamente humana y dolorosa: la mesa compartida, símbolo de comunión, se convierte en el lugar donde emergen la traición, la confusión y la negación. No ocurre fuera, sino dentro del círculo cercano, en el espacio del vínculo.
Jesús "se turbó en su espíritu". Esta afirmación nos revela a un Jesús que experimenta la angustia, que no es ajeno al dolor de la ruptura. Desde una espiritualidad feminista, reconocer esta dimensión es fundamental, porque permite comprender que la experiencia de Dios no está separada de la vulnerabilidad humana, sino que se encarna en ella.
La salida de Judas "era de noche" marca un momento de quiebre. La noche aparece como símbolo de la oscuridad interior, de las decisiones que rompen relaciones, de los momentos en que el sentido parece perderse. Sin embargo, el texto no construye una figura aislada del mal: Judas es parte de la comunidad, ha compartido la mesa, ha recibido el pan. Esto nos confronta con una verdad incómoda: la fragilidad y la posibilidad de ruptura habitan también en los espacios de cercanía.
Pero el relato va más allá. Pedro, el discípulo que ama y que promete fidelidad absoluta, también será capaz de negar. Aquí se abre una comprensión más profunda del discipulado: no se trata de una adhesión perfecta, sino de un camino atravesado por límites, miedos y contradicciones.
En este sentido, puede afirmarse (como ha sido señalado en la exégesis feminista) que los relatos evangélicos muestran a las y los discípulos en procesos reales, no idealizados, donde la comprensión y la fidelidad se van construyendo en medio de la fragilidad. Esta perspectiva permite leer el texto no desde la exigencia de perfección, sino desde la posibilidad de transformación.
Asimismo, la teología latinoamericana ha insistido en que la salvación no acontece al margen de la historia concreta, sino en medio de ella. Desde esta mirada, las experiencias de quiebre, como la traición o la negación, no tienen la última palabra, sino que forman parte de un proceso donde la vida puede rehacerse. La fidelidad, entonces, no es un estado inmutable, sino una relación que se reconstruye.
De igual forma, la reflexión feminista ha subrayado que la experiencia humana (marcada por el cuerpo, las emociones, los límites) es un lugar legítimo para comprender lo divino. Esto resulta especialmente significativo para las mujeres, quienes han sido muchas veces exigidas a sostenerlo todo sin fisuras. Este evangelio, en cambio, abre un espacio distinto: incluso quienes aman profundamente pueden no poder, pueden fallar, pueden atravesar su propia noche.
Y, sin embargo, hay algo que permanece. Jesús no retira el pan, no rompe el vínculo, no cancela la relación. Incluso cuando anuncia la negación de Pedro, lo hace abriendo un horizonte: "me seguirás más tarde". Hay una confianza que se mantiene más allá del fallo.
Para la vida de las mujeres hoy, este texto puede ser profundamente liberador. Permite reconocer que la fragilidad no nos descalifica, que nuestras contradicciones no nos expulsan del camino, que incluso en nuestras noches seguimos siendo parte de la mesa.
El Martes Santo nos invita a habitar con honestidad nuestras propias oscuridades, no desde la culpa paralizante, sino desde la certeza de que el vínculo con Dios no se rompe fácilmente.
Porque la fidelidad no es no caer, sino
volver.
Y porque incluso en la noche… seguimos siendo sostenidas.

