El amor que se derrama y llena la casa.
Lunes Santo
El texto de la Unción en Betania en el Evangelio de Juan 12, 1–11 nos sitúa en una casa, alrededor de una mesa compartida. Allí “María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume” (Jn 12, 3). En este gesto, aparentemente sencillo, se revela una profundidad que toca la vida concreta de las mujeres. María no habla, pero su acción comunica una comprensión honda del momento que vive Jesús. Desde una lectura feminista, este silencio activo no es ausencia, sino una forma distinta de saber y de expresar la fe.
Algunas teólogas bíblicas han mostrado que las mujeres en los evangelios suelen captar dimensiones del mensaje de Jesús que otros no logran ver con claridad. En este sentido, puede decirse que María, a través de su gesto, reconoce anticipadamente la vulnerabilidad del cuerpo de Jesús y la inminencia de su muerte, actuando desde una intuición profunda que nace de la experiencia y del vínculo.
Frente a ella, aparece la voz de Judas, que cuestiona:
“¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?” (Jn 12, 5).
Aquí emerge una tensión que sigue marcando nuestras vidas: la oposición entre la lógica del cálculo y la lógica del amor. La teología feminista latinoamericana ha insistido en que muchas de las prácticas que sostienen la vida (el cuidado, la atención, la ternura) han sido desvalorizadas precisamente porque no se pueden medir ni traducir en productividad. Desde esta perspectiva, el gesto de María no es un desperdicio, sino una forma de resistencia frente a un sistema que reduce el valor de la vida a su utilidad.
Asimismo, este acto es profundamente corporal. María toca, unge, se acerca, utiliza su cabello. En contextos donde el cuerpo de las mujeres ha sido históricamente controlado o silenciado, este gesto adquiere una fuerza particular. La reflexión feminista ha subrayado que el cuerpo no es un obstáculo para lo espiritual, sino su lugar de manifestación. Así, María revela que la relación con lo sagrado pasa también por el contacto, por el cuidado del cuerpo, por la cercanía concreta.
Jesús, lejos de rechazarla, la defiende:
“Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura” (Jn 12, 7).
En esta afirmación hay un reconocimiento profundo. Jesús valida su gesto, lo nombra significativo, lo integra en el sentido de su propia entrega. Para muchas mujeres, acostumbradas a que sus acciones sean minimizadas o cuestionadas, este reconocimiento es profundamente liberador: Dios acoge, valida y dignifica los gestos de amor que nacen del cuidado.
Además, la escena concluye con una imagen que no puede pasar desapercibida: la casa se llena de fragancia. Lo que parecía un acto íntimo tiene un impacto comunitario. Así también ocurre con tantas acciones cotidianas de las mujeres: gestos pequeños, invisibles a veces, pero que sostienen la vida y transforman los espacios.
En diálogo con pensadoras como Elsa Tamez, puede afirmarse que leer estos textos desde la experiencia de las mujeres permite descubrir dimensiones de justicia y dignidad que han sido ocultadas. Asimismo, la reflexión de Pilar Aquino invita a reconocer que la experiencia cotidiana (especialmente la de quienes han sido históricamente marginadas) es un lugar legítimo para pensar a Dios. Por su parte, Carmen Bernabé Ubieta ha destacado cómo las mujeres en los evangelios no solo acompañan, sino que interpretan y revelan el sentido de la misión de Jesús.
Este Lunes Santo, el gesto de María se vuelve una invitación para la vida: a reconocer el valor de lo que hacemos desde el amor, aunque no sea comprendido; a habitar nuestro cuerpo como espacio de dignidad; a confiar en que los gestos de cuidado no son insignificantes, sino profundamente transformadores.
Quizá hoy, como María, estamos llamadas a seguir derramando lo mejor de nosotras mismas, no desde la exigencia, sino desde un amor que, aun sin ser medido, llena la casa… y hace posible la vida.

