El amor que se arrodilla y dignifica

02.04.2026

Jueves Santo

"Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1).
"Se levanta de la cena, se quita el manto… y se pone a lavarles los pies" (Jn 13, 4-5).
"Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis" (Jn 13, 15).

El evangelio del Jueves Santo (Jn 13, 1-15) nos sitúa en el corazón de la Última Cena, pero el gesto central no es el pan ni el vino, sino el cuerpo que se inclina, el agua que corre, las manos que tocan: Jesús lava los pies de sus discípulos.

Se trata de un acto profundamente subversivo. En su contexto, lavar los pies era tarea de esclavos, de quienes ocupaban el lugar más bajo en la jerarquía. Sin embargo, Jesús "el Maestro y el Señor" se despoja de su manto, se arrodilla y realiza este gesto. No solo invierte el orden social, sino que redefine el sentido del poder: no como dominio, sino como servicio que dignifica.

Desde una espiritualidad feminista, esta escena tiene una fuerza particular. Durante siglos, las mujeres han sido asociadas al cuidado, al servicio, a las tareas invisibles que sostienen la vida. Pero muchas veces ese servicio ha sido impuesto, desvalorizado o naturalizado como obligación. El gesto de Jesús no reproduce esa lógica: la transforma.

En este sentido, puede comprenderse (como han señalado diversas teólogas feministas) que el servicio evangélico no es sometimiento, sino elección libre que nace del amor y que reconoce la dignidad del otro y de una misma. Jesús no lava los pies porque "le toca", sino porque ama "hasta el extremo". Su acción devuelve al cuidado su dimensión más profunda: no como carga, sino como acto consciente que humaniza.

Además, este gesto es profundamente corporal. Tocar los pies implica cercanía, vulnerabilidad, incluso incomodidad. Desde la reflexión de Pilar Aquino, puede afirmarse que el cuerpo es lugar teológico: es ahí donde se manifiesta el amor, donde se construyen relaciones justas o injustas. Jesús no enseña desde la distancia, sino desde el contacto, desde el gesto concreto que dignifica el cuerpo del otro.

Pedro, por su parte, se resiste: "No me lavarás los pies jamás". Su reacción refleja la dificultad de aceptar un amor que rompe esquemas, que descoloca las jerarquías. Aceptar que alguien se incline ante nosotras, que nos cuide, que toque nuestras heridas, no siempre es fácil. Muchas mujeres han sido educadas para dar, pero no para recibir. Este evangelio también es una invitación a dejarnos cuidar.

En esta misma línea, la teología latinoamericana ha insistido en que las prácticas de cuidado son centrales para la vida, pero necesitan ser resignificadas desde la justicia y la reciprocidad. No se trata de romantizar el servicio, sino de reconocerlo como un espacio donde puede acontecer la dignidad… o la opresión. Jesús muestra un camino distinto: un servicio que no humilla, que no se impone, que no explota, sino que levanta.

Finalmente, Jesús dice: "Os he dado ejemplo". No es solo un gesto aislado, es una forma de vida. Lavar los pies hoy implica construir relaciones donde nadie esté por encima, donde el poder no se ejerza desde la dominación, donde el cuidado sea mutuo y liberador.

Para la vida de las mujeres, este Jueves Santo puede ser profundamente interpelador:
¿Desde dónde cuidamos?
¿Cuidamos porque debemos… o porque elegimos?
¿Nos dejamos cuidar?
¿Nuestras relaciones dignifican o desgastan?

El amor "hasta el extremo" no es el que se anula, sino el que se entrega sin perder la dignidad. Es el que se inclina sin desaparecer, el que toca sin dominar, el que sirve sin esclavizar.

Y quizá hoy, en medio de tantas formas de servicio invisibilizado, podamos recuperar el sentido más profundo de ese gesto: un amor que, al arrodillarse, no se rebaja… sino que revela la verdadera altura de lo humano.

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