Cuando el vínculo se quiebra… y también nos atraviesa
01.04.2026
Miércoles Santo
“¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?” (Mt 26, 15).
“En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar” (Mt 26, 21).
“¿Soy yo acaso, Señor?” (Mt 26, 22).
El evangelio del Miércoles Santo (Mt 26, 14-25) nos coloca ante una de las escenas más inquietantes del camino hacia la Pascua: la traición negociada. Judas no actúa impulsivamente; pregunta, calcula, pone precio: treinta monedas de plata. La relación se convierte en transacción.
Desde una mirada crítica y feminista, este gesto revela una lógica que sigue operando en nuestras sociedades: la mercantilización de la vida, de los cuerpos, de los vínculos. Cuando todo puede tener precio, incluso el amor y la confianza quedan expuestos a ser intercambiados. En este sentido, la traición de Judas no es un hecho aislado del pasado, sino un espejo incómodo de dinámicas presentes.
Sin embargo, el evangelio no se queda en Judas. Lo más revelador ocurre en la mesa, cuando Jesús anuncia la traición y cada discípulo pregunta:
“¿Soy yo acaso, Señor?”.
Esta pregunta abre una grieta profunda. Ya no se trata de identificar a “otro” como traidor, sino de reconocer que la posibilidad (como ha sido señalado en diversas lecturas feministas) este momento desplaza la mirada de la acusación hacia la auto-revisión: la comunidad no se divide entre buenos y malos, sino que se reconoce vulnerable.
Para la vida de las mujeres, esta escena puede tener múltiples resonancias. Muchas veces hemos sido heridas por traiciones, por rupturas de confianza, por relaciones donde el cuidado no fue correspondido. Pero también, en un ejercicio honesto, este texto invita a preguntarnos por nuestras propias formas de ausencia, de silencio, de retirada. No desde la culpa, sino desde la verdad.
La teología feminista ha insistido en que la transformación comienza cuando reconocemos nuestras experiencias reales (con sus luces y sombras) como lugar de reflexión. En este sentido, la pregunta “¿soy yo?” no es condena, sino posibilidad de conciencia. Es el inicio de un camino distinto.
Al mismo tiempo, el evangelio muestra algo profundamente humano: Jesús no desenmascara públicamente a Judas, no rompe la mesa, no expulsa. El vínculo se mantiene hasta el final, incluso sabiendo lo que vendrá. Hay aquí una tensión dolorosa: el amor no siempre evita la herida, pero tampoco se retira inmediatamente.
Además, el gesto de “meter la mano en la fuente” subraya la cercanía. No traiciona alguien lejano, sino alguien que comparte la mesa, el alimento, la intimidad. Esto hace aún más compleja la escena: la herida más profunda muchas veces viene de quienes están cerca.
Para muchas mujeres, acostumbradas a sostener vínculos incluso cuando duelen, este texto puede ser ambivalente. Por un lado, muestra la fidelidad de Jesús; por otro, invita a discernir nuestras propias relaciones: ¿dónde hay vida?, ¿dónde hay desgaste?, ¿dónde se ha roto la reciprocidad?
El Miércoles Santo no ofrece respuestas fáciles. Nos deja con una pregunta abierta que atraviesa el corazón:
“¿Soy yo acaso, Señor?”.
Una pregunta que, leída desde la espiritualidad feminista, no busca culpabilizar, sino despertar conciencia. Reconocer nuestras sombras, nuestras complicidades, nuestras heridas… para poder elegir de nuevo.
Porque solo quien se atreve a mirar su propia verdad puede construir relaciones más justas, más libres, más humanas.
Y quizá, en medio de esa honestidad, comience también la posibilidad de no traicionar la vida… ni la de otras, ni la propia.

