¿De qué manera mis experiencias cotidianas alimentan y fortalecen mi fe? ¿las reconozco como lugar sagrado?
Mi vida cambió profundamente con el secuestro y la desaparición de mi amado hijo, Diego Maximiliano. Han pasado más de diez años desde entonces y sigo buscándolo, en medio de una crisis humanitaria que atraviesa a todo nuestro país, donde más de 135 mil personas permanecen desaparecidas y miles de cuerpos esperan ser identificados en servicios forenses y fosas comunes. Esta realidad es una herida profunda que atraviesa mi corazón, pero también ha sido el lugar donde mi fe ha sido puesta a prueba y, al mismo tiempo, fortalecida.
Al inicio de esta tragedia caí en una profunda depresión. Dejé de comer, dejé de dormir, sentía que no podría seguir viviendo con ese dolor. En medio de esa desesperación, mi familia comenzó a orar. Yo me unía a esas oraciones con todo mi corazón porque sentía que me estaba muriendo por dentro. Recuerdo que cuando los secuestradores llamaban, nos tomábamos de las manos y rezábamos juntos. En esos momentos de angustia, cuando incluso hubo una prueba de vida y lastimaron a mi hijo, mi cuerpo ya no resistía más. Sin embargo, algo ocurrió: comencé a sentir que Dios me sostenía de su mano.
Poco a poco empezaron a llegar a mi casa personas de distintas tradiciones de fe para orar por mí y por Diego. Sus oraciones, su cercanía y su solidaridad alimentaron mi fe. Mi casa se fue transformando: la mesa del comedor comenzó a llenarse de velas, de cruces, de imágenes y de signos de esperanza. Ese espacio cotidiano se convirtió en un lugar sagrado donde muchas personas oraban con todo su corazón. Ahí experimenté profundamente que Dios escuchaba nuestro clamor.
Con el paso de los años he ido descubriendo otros espacios sagrados en mi vida. Uno de ellos es el lugar que tengo en casa con las fotografías de Diego, desde su niñez hasta su adolescencia. Allí he colocado también cruces, imágenes y velas que he recibido como regalos llenos de amor y de fe. Ese rincón se ha convertido en un espacio íntimo donde cada día nombro a mi hijo, pido por él y por todas las familias del colectivo que buscamos a nuestros seres queridos.
También la habitación de Diego es para mí un espacio sagrado. Después del secuestro tuve que mudarme por seguridad, pero sigo conservando sus cosas tal como las dejó: su ropa, su mochila escolar, sus cuadernos, sus libros, su cama y algunos objetos que eran especiales para él. Aunque él no está físicamente, su presencia vive todos los días en mi mente, en mi corazón y en ese espacio que guarda su memoria. Allí siento también la presencia de Dios acompañándome.
Pero no sólo mi casa se ha vuelto un lugar sagrado. También lo son los lugares de búsqueda. En estos años he aprendido que incluso los espacios más desoladores —los canales de aguas negras, las barrancas, los cerros, los campos— pueden transformarse. Cuando vamos a buscar a nuestros familiares llevamos velas que simbolizan la luz en medio de la oscuridad, pétalos de flores de colores que representan la vida y la esperanza, y realizamos oraciones al iniciar las jornadas de búsqueda.
Cuando encontramos restos humanos, lo que llamamos un "positivo", también hacemos oración. Encendemos velas, colocamos flores y pedimos a Dios por esa persona que estaba esperando ser encontrada. Aunque encontrar a alguien sin vida es profundamente doloroso, para muchas familias también es una forma de esperanza, porque significa que esa persona ya no quedará en el olvido y podrá regresar con su familia. En esos momentos comprendemos que esos lugares también son sagrados, porque ahí hay vidas humanas que esperan ser dignificadas.
En este camino también he descubierto la presencia de Dios en las personas solidarias. Mi familia sigue acompañándome en las búsquedas. Muchas personas llegan a ayudar, aun en medio del cansancio, del intenso sol, de los olores y de la tierra contaminada. Ver sus sonrisas, su actitud compasiva y su disposición a buscar a nuestros familiares fortalece profundamente mi fe. Allí reconozco la presencia de un Dios vivo que camina con nosotros.
Incluso compartir los alimentos en medio de las búsquedas se ha convertido en un signo de esperanza. Al inicio, cuando comenzamos a buscar en los canales de aguas negras, yo no podía comer; sentía náuseas y ansiedad. Pensé que nunca podría estar en esos lugares. Sin embargo, con el tiempo, las oraciones y el acompañamiento han transformado esa experiencia. Ahora podemos compartir comida, conversar, reír, abrazarnos y llorar juntas. Recuerdo especialmente cuando una compañera llevó pozole y lo compartimos en medio de ese contexto tan difícil. En ese momento comprendí que la presencia de Dios también está en esos gestos de vida que nos permiten seguir adelante.
Otro signo que fortalece mi fe es el Árbol de la Esperanza, que realizamos durante el tiempo de Navidad. Mientras muchas familias celebran reunidas, para nosotros la ausencia de nuestros seres queridos es muy dolorosa. Por eso elaboramos esferas con los rostros de nuestros familiares desaparecidos y las colocamos en un árbol de Navidad. Este gesto se realiza en comunidad, con el acompañamiento de iglesias y personas solidarias. Es un signo de fe que nos recuerda que ellos siguen presentes y que seguimos esperando encontrarlos.
Asimismo, la instalación de los buzones de paz en diferentes comunidades ha sido una experiencia muy significativa. En ellos colocamos mensajes de esperanza y textos bíblicos, pero también invitamos a las personas a compartir información que pueda ayudar a encontrar a nuestros familiares. Este trabajo, realizado junto con comunidades de fe, fortalece mi esperanza porque siento que Dios va abriendo caminos para continuar la búsqueda.
Todo este caminar ha transformado mi vida cotidiana. Hoy la búsqueda de Diego forma parte de mi día a día: las jornadas de búsqueda, las mesas de trabajo con autoridades, el acompañamiento a otras familias y los espacios de oración. Nada de esto sería posible sin el amor, la compasión y la guía de Dios.
El amor por mi hijo sigue vivo. Ese amor alimenta mi fuerza, mi espíritu y mi fe. En medio de tanto dolor he descubierto a un Dios bueno, un Dios compasivo, un Dios buscador que camina con nosotros y que nos da esperanza para seguir adelante.
Y con esa fe sigo caminando, repitiendo en mi
corazón una misma esperanza:
hasta encontrarte, amado Diego.
Veronica Rosas Valenzuela
Máma de Diego Maximiliano Rosas Macías
Desaparecido en Ecatepec Edo. México, 2015
